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Lo que le enseño a mis hijas ante la era de la IA

Tengo dos hijas. La mayor tiene 16 años y quiere ser maestra de preescolar. La menor tiene 12 y quiere ser pintora. Y tengo también una empresa, DCR Informatic Services, desde donde veo todos los días algo que me quita el sueño más de lo que me gustaría admitir: la inteligencia artificial no solo está cambiando cómo trabajamos, está cambiando quién puede hacer lo que antes solo sabían hacer los que llevaban años estudiando y certificándose.

Lo veo de frente en mi propio negocio. Lo que antes sabía una persona con años de experiencia y una certificación difícil de conseguir, hoy lo puede resolver un recién egresado con ayuda de la IA. Somos más productivos, hacemos más cosas más rápido y con menos gente. Es una ventaja competitiva enorme. Pero también es una advertencia silenciosa sobre el mundo que les estoy heredando a mis hijas.

No sé si soy el mejor papá del mundo, ni tengo la verdad absoluta sobre esto. Pero sí sé que no quiero criar hijas que dependan de una herramienta para pensar. Quiero criar hijas que usen la herramienta para pensar mejor.

Mis hijas cuando estaban pequeñas

La lección que aprendimos entre regaños

Hace poco mi hija mayor entregó una tarea. Le pedí que me la enseñara y algo no me cuadró: era buena, demasiado ordenada, con ese tono ligeramente impersonal que uno empieza a reconocer. Le pregunté directamente y me confesó que la había pedido a la IA, la había copiado tal cual y la había subido a su Classroom.

Técnicamente había "cumplido". Entregó a tiempo, el trabajo estaba bien escrito, seguramente hasta sacaría buena nota. Pero no había aprendido absolutamente nada. Ese es el problema que más me preocupa de esta época: se puede parecer productivo sin estar aprendiendo nada.

La hice repetir la tarea. A regañadientes, como toda adolescente que se siente descubierta, la volvió a escribir. Esta vez sí la pensó, sí la redactó ella, sí luchó con sus propias ideas. Y ese momento, aunque incómodo para los dos, se volvió el resumen de todo lo que quiero enseñarle.

"Pararnos en hombros de gigantes", no escondernos detrás de ellos

Uso mucho esa frase con mis hijas: la IA puede ser el gigante en cuyos hombros nos paramos para ver más lejos y llegar más alto. Pero hay una diferencia enorme entre pararse en los hombros de un gigante para ver más lejos, y esconderse detrás de él para que nadie note que no sabemos caminar solos.

Por eso a las dos les enseño a escribir prompts bien redactados, con contexto, con intención, sabiendo exactamente qué le están pidiendo a la máquina y por qué. Pero sobre todo les enseño algo que me parece más importante todavía: a leer con cuidado lo que la IA les responde. A cuestionarlo. A no tragárselo completo solo porque suena convincente y está bien escrito. A formar su propio criterio antes de aceptar el de una máquina que, por más buena que sea, no tiene la última palabra sobre nada.

Eso es pensamiento crítico en la práctica, no en la teoría: no es un concepto abstracto que se enseña en un pizarrón, es la costumbre diaria de preguntarse "¿esto que me está diciendo tiene sentido? ¿Yo qué pienso al respecto?"

Una pintora y una maestra, dos caminos que no le temen a la IA

Lo curioso es que ninguna de mis hijas quiere dedicarse a la tecnología, y sin embargo las dos van a vivir rodeadas de ella toda su vida.

Mi hija de 12 años ama pintar. Estudia técnicas, admira a los pintores clásicos, pasa horas observando cómo resolvían la luz, la proporción, el color. Sé que alguien podría decirle "para qué aprendes a pintar si una IA genera una imagen en segundos". Yo pienso justo lo contrario: mientras más entienda de técnica, de historia del arte, de por qué una pincelada funciona y otra no, más criterio va a tener para usar cualquier herramienta —incluida la IA— como una extensión de su propia mirada, y no como un sustituto de ella. Lo que la hace artista no es el pincel, es el ojo, el criterio, la intención. Eso no se automatiza.

Mi hija mayor quiere ser maestra de preescolar. Ya tomó cursos completos, con certificación, sobre cómo cuidar y educar a niños con diferentes necesidades. Es una vocación que nace de algo muy humano: la paciencia, la empatía, la capacidad de leer a un niño que todavía no tiene las palabras para explicar lo que le pasa. Ninguna máquina va a reemplazar eso pronto, y si algo he aprendido observando mi propia empresa es que las profesiones que dependen de la confianza y el vínculo humano genuino son de las más difíciles de automatizar.

Lo que sí sé, aunque no tenga certezas del futuro

No sé exactamente cómo se va a ver el mundo laboral en 2036, cuando mis hijas tengan 22 y 26 años. Nadie lo sabe con precisión, y desconfío de quien diga que sí. Pero sí sé que la diferencia no la va a marcar quién sabe usar la IA —eso lo va a saber todo el mundo, va a ser tan básico como saber usar un buscador—. La diferencia la va a marcar quién sabe pensar con ella sin dejar de pensar por sí mismo.

Por eso, más que empujarlas hacia una carrera "seguro automatizable" o hacia otra "a prueba de robots", prefiero enseñarles algo más simple y más difícil a la vez: a no conformarse con la primera respuesta fácil, a hacerse cargo de su propio trabajo aunque les cueste más tiempo, a usar la tecnología como un gigante que las ayuda a ver más lejos, no como una muleta que les impide caminar.

No tengo la fórmula perfecta. Solo tengo dos hijas, una empresa que me enseña todos los días hacia dónde va esto, y la convicción de que voy por buen camino.

Lo veremos en 2036.

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